“Los jóvenes y las ¿nuevas? derechas”. Escribe Lucas Perassi

Los gobiernos democráticos se transformaron en un animal lento, burocrático, lleno de matices y contradicciones, de corrupción, de acomodo, de negocios. Y ellos nos miran con la distancia legítima de quien tiene hambre y recibe discursos. Piden pan, no les dan; piden queso y les dan hueso…

Por otro lado, en la sociedad del entretenimiento, de la espectacularización, de la desatención, de los contenidos breves, la democracia aburre. Es una afirmación terrible, lo sé. Pero es lo que es y hay que pensarla. Los Bukele, Milei, Trump, la ponen pimienta a la sensación de desánimo. Cuando no vemos la salida, tendemos a optar por lo espectacular

Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, señalaron Frederic Jameson, Slavoj Zizek y Mark Fisher de distintas formas, para explicar el auge de las profecías apocalípticas en tiempos de decepción e incapacidad para proyectar nuevos futuros. Algo que se repite en el “que se rompa todo” que profesaron los jóvenes en 2023: no sé qué hay después, pero ya no quiero más de esto.

Además, hay algo perversamente seductor en la estética del nuevo autoritarismo. Ya no son generales de bigote espeso y gafas oscuras que olían a cuartel y represión de los setenta. Ahora son estrellas de rock y de TikTok. Los Milei y los Bukele entienden el idioma de la viralidad. El autoritarismo moderno es un short de 15 segundos. Impacto. Dopamina. Resolución inmediata.

Nayib Bukele gobierna El Salvador a golpe de tuit y decreto, y ostenta índices de aprobación arriba del 70 u 80%, según cual sea la consultora. A pesar de sus evidentes prácticas antidemocráticas, la gente lo aplaude. Los jóvenes, sobre todo, lo aplauden. ¿Por qué? Porque la democracia tradicional les prometió seguridad y les dio pandillas; les prometió futuro y les dio deuda. Bukele les dio cárceles. Y paz. Una paz de cementerio, podríamos decir, pero paz al fin y al cabo. Y cuando tenés que elegir entre la posibilidad de una pistola en la sien y sostener la democracia, la división de poderes te importa un carajo. Perdón por el cultismo.

Al desprevenido le puede parecer paradójico que la generación más conectada, la que tiene el acceso irrestricto a toda la información de la historia humana en el bolsillo, sea la que más coquetea con el absolutismo. Pero es que buscan un gerente que despida a los corruptos y encierre (o mate, lo que sea necesario) a los criminales, aunque para ello tenga que pisotear la Constitución.

Subestimamos la importancia de la velocidad. Vivimos en la era de la inmediatez. Si Mercado Libre te entrega el paquete mañana, ¿por qué el Estado tarda tres años en arreglar una ruta? La modernidad digital nos ha vuelto impacientes. Queremos que los problemas se solucionen con un click. El proceso legislativo, el debate parlamentario, la negociación con las minorías… todo eso es “lag”. Es ruido. Es lentitud.

Esa disonancia cognitiva es el caldo de cultivo donde germina la semilla del “hombre fuerte”. El dictador (o el aspirante a serlo) es el único que promete hackear el sistema. “Romper las reglas”, dicen. Y lo plantean lingüísticamente como si el Estado de Derecho fuera un software obsoleto que necesita un reseteo agresivo.

Y funciona, claro que funciona. Cuando el tejido social se deshilacha, la “mano dura” no se percibe como una amenaza, sino como un refugio. Es el abrazo apretado (casi asfixiante) pero que te promete que nada malo te va a pasar si te quedas quieto. Es el padre estricto del que habla George Lakoff en “No pienses en un elefante”

Obviamente, estoy tratando de comprender, no de justificar. Siempre hay una trampa, una letra chica que en principio no se ve: al ceder libertad a cambio de seguridad, los jóvenes (y no tanto) están firmando una hipoteca sobre su propia voz. Hoy aplauden porque se llevan al pandillero; mañana, quizás, aplaudan porque se llevan al periodista opositor (el “ensobrado”); pasado, al vecino que se quejó del precio del pan… Después, vienen por vos, que reclamaste por trabajo, como ya lo dijo Martin Niemöller en su famoso poema erróneamente atribuido a Bertolt Brecht: “Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”.

Pero ese “mañana” queda todavía muy lejos para una mente entrenada en la inmediatez. El presente manda. Y en el presente, la eficacia bruta del autoritarismo brilla como el oro falso.

Hay otro punto interesante para reflexionar del cual ya adelanté algo en un artículo anterior: la brecha de género. Resulta que el romance con la “mano dura” es, mayoritariamente, un asunto de hombres. Hombres jóvenes. Un poco ya hemos hablado de que está pasando con los muchachos (“Crisis de la masculinidad… y neoliberalismo”). Se habla de una reacción. En un mundo donde el discurso feminista ha avanzado (con toda justicia y necesidad, por supuesto) ganando espacios y redefiniendo roles, un sector importante de la población masculina joven se siente… desplazado, confundido (incuso, atacado).

Y entonces aparece un tipo con una motosierra. U otro tipo que dice que la “masculinidad tradicional” o la “familia tradicional” están bajo asedio, bajo ataque, y deben defenderse. Y esos chicos, que se sienten huérfanos de identidad en un mundo líquido, encuentran ahí un asidero, una bandera.

En ese público (que no es el único, obviamente), Milei no ganó sólo por la economía; ganó porque supo canalizar la rabia. La rabia de quien siente que le han cambiado las reglas del juego a mitad de la partida. El voto a la ultraderecha o al populismo autoritario se convierte así en un acto de rebeldía punk. Votar al sistema establecido es de “viejos”, de “normies”, de “wokes”, de gente que no tiene calle. Votar al tipo que grita y amenaza con quemar el Banco Central es… emocionante. Es potente pensar “que se rompa todo, total yo ya estoy cagado”. Algo que está encriptado en la música de L-Gante (como profundizaremos si algún día termino de escribir el artículo sobre ese tema).

De eso hablamos también el año pasado con el periodista José Luis Politti: “al pibe que no encuentra trabajo, o que vive superexplotado en la apps de delivery, le importan un carajo tus derechos laborales, porque nunca los tuvo”. Por un lado, manifiesta el síndrome Stephen Candie, el esclavo mayordomo de la película Django sin cadenas (meme que tanto se ha popularizado). Pero también manifiesta una proto idea de igualdad: en un mundo sin derechos, tus derechos son un privilegio. O una idea de retribución: si nadie se preocupó por mí, ¿por qué yo me preocuparía por ellos?

Las mujeres (no por casualidad, sino por historia) parecen ser el último dique de contención. Varios estudios plantean que son más conscientes de lo que significa perder derechos, porque les ha costado siglos ganarlos y los siguen peleando. También se detecta mayor capacidad de resiliencia frente a las crisis económicas. Ellas miran con escepticismo al líder mesiánico, y creen más (al día de hoy, por lo menos) en las salidas colectivas. 

Leía el otro día en un foro de la red (me paso tratando de entender qué piensan los que no piensan como yo) que la democracia es “ineficiente por diseño”. Aunque es una simplificación, nos da una señal de alerta: no es que los jóvenes odien la democracia porque sí; es que la ven como una herramienta inútil, y si tenés un martillo que no clava clavos, lo tirás y buscás otra cosa, aunque sea una piedra. Bukele es la piedra. Milei es la piedra.

Existe en esos jóvenes la tentación de que es una solución “provisoria”, de creer que podemos suspender la democracia “solo un ratito”, mientras arreglamos la economía, mientras acabamos con las maras, etc. Una pseudo dictadura temporal. El problema (como la historia argentina ha demostrado) es que el poder absoluto nunca se ejerce provisoriamente…

Lo que me queda claro, en cualquier caso, es que no podemos seguir culpando a los votantes. No podemos seguir diciendo que son ignorantes desde nuestra “torre de marfil” que no se autoanaliza. Si un pibe de 20 años prefiere esto, hay mucho de culpa nuestra que no supimos, no quisimos o no pudimos ofrecerle una vida digna. Un laburo, la posibilidad siquiera de soñar la casa propia, nada de lo que antes prometía la democracia. De nosotros, que fuimos transando, eligiendo el mal menor, flexibilizando nuestros valores. Hasta que terminamos dejando pasar, mirando para el costado, los negociados de empresarios con y en el gobierno, los amiguismos, los nepotismos, las plutocracias, y un largo etcétera.

Hemos dejado desaparecer también una democracia más sólida, sustentada en otras formas de participación popular. ¿Dónde quedaron los presupuestos participativos? ¿Cómo fue que dejamos que desaparecieran esas hermosas formas de participación que fueron las asambleas barriales surgidas después de 2001?

La democracia tiene que volver a dar soluciones, tiene que volver a ser eficaz, tiene que llenar la heladera y garantizar, al mismo tiempo, seguridad. 

Tiene que escuchar y hacer participar al vecino. 

Tiene que combatir al narco, fundamentalmente, que está destrozando pibes, familias, barrios y ciudades enteras. Algo que no se puede, desde ya, con narcos en tu partido.

Si no logramos eso, si no logramos reconquistar a esa generación que nos mira con ojos vacíos mientras se entretiene con el celular, entonces preparémonos. Porque los monstruos ya no están debajo de la cama, están en la Casa de Gobierno

De todos modos, por lo menos en Argentina, hay esperanzas. Además de las mujeres, ya más listas para la organización (o así parece), y más allá de todas las quejas (muchas muy justificadas) de los varones jóvenes, ellos siguen pensando en colectivo. Por lo menos, así se expresa en las canciones de varios cantantes del género urbano (otro artículo prometido). Ellos cargan orgullosamente con la identidad del pibe de barrio (o mejor, los pibes de barrio), expresan sus incertidumbres pero también su necesidad de que reconozcamos su existencia: acá estamos, esto queremos. Frente al discurso meritocrático individualista, ellos ya saben que el “fracaso” personal no es una culpa propia, sino una herida compartida. Aunque hoy inclinen sus esperanzas por estas formas proto dictatoriales, no hay cheque en blanco, ese apoyo está sujeto a la esperanza de “si sale bien”. Pero si sale mal (y, por experiencia histórica, creo que así va a ser), están listos para hacer quilombo. Quilombo del bueno, del que se hace en grupo.

Espero que esta vez, los miremos, los escuchemos, los acompañemos… ése es nuestro desafío, o la ruptura del contrato social será definitiva

*- Por Lucas Perassi
Escritor, Docente e Investigador universitario



Fuente: www.lavozdejujuy.com

Artículos Relacionados

Volver al botón superior